
No sentía nada de nada. En su interior solo había un oscuro corazón, hecho de carbón, pero no del dulce, del amargo. No reía, no lloraba, no aguantaba el aire en su interior al ver a un perro morir en la carretera bajo el implacable movimiento de un camión, ni tampoco aceleraba su corazón al eyacular sobre los pechos de ella.
A él le gustaba pensar que era el Árbol de Buda. Pero no lo era. Era un cascarón vacío lleno de nada. En su interior solo había tripas, cosas rojas y azules casi negras, algunas verdes.
Un día decidió pensar. Plantarse en medio del parque al que solía acudir a ver a los viejos solitarios, a esos abueletes a que tantas niñas de diecicuatro hubieran deseado violar.
Y pensó, vaya si pensó. Una noche que pareció un eón, miles de soles nacieron y murieron durante su divagar. Y decidió, al amanecer de ese frío día de julio, sentir.
Sintió que había desperdiciado su vida. No amó, nunca, no lloró, ¿para qué?, no grito, tan fuerte, no susurró, al oído, ni odió, a todos.
Pero algo sacó en claro, no era feliz, tampoco desdichado, aunque él pensara que si. Decidió arriesgarse... echarle huevos, como aquel que dice. Al final todo se reduce a eso, a ser valiente. La suerte, esa vieja sucia, solo le da propina a los que se arriesgan. Tirate al pozo jodido inepto de la vida.
Pajearse con internec nunca es suficiente.
Si ella no te pide que te cagues en su pecho no te puedes casar con ella.